Daniel pasó las páginas del cuaderno con creciente inquietud. Aquel documento era más que un diario: era un registro detallado de una investigación. Clara había trabajado —según describía— como analista externa revisando flujos financieros de varias empresas, incluida la suya. A medida que avanzaba la lectura, descubrió que ella había detectado movimientos sospechosos que vinculaban a un grupo reducido de ejecutivos con desvío de fondos y contratos ficticios.
Pero había algo peor: uno de los nombres mencionados era el de su propio jefe directo, el director general, Marcos Vidal.
Daniel sintió una mezcla peligrosa de rabia y miedo. Aquello no era una simple denuncia; era una bomba, una amenaza para personas que no dudarían en silenciar a quien interfiriera.
El diario explicaba cómo Clara había intentado contactar con él después de que su nombre apareciera asociado a una transacción que él desconocía por completo. Ella sospechaba que había sido utilizado como pantalla sin su consentimiento. Y cuando trató de advertirle, comenzó a recibir presiones y amenazas veladas.
El embarazo la había empujado a protegerse. Y ahora, tras dar a luz sola, había recurrido desesperadamente al único nombre que creía que podía ayudarla: el de Daniel.
Mientras él seguía leyendo, un golpe en la puerta lo hizo levantar la vista. La doctora entró con expresión preocupada.
—La paciente ha despertado. Lo está pidiendo.
Daniel caminó hacia la habitación con el cuaderno en mano. Al entrar, Clara abrió los ojos lentamente. La debilidad era visible, pero también la determinación.
—Daniel… —su voz apenas era un susurro—. Gracias por venir.
Él se sentó junto a la cama.
—No entiendo todo, pero estoy aquí. ¿Por qué yo?
Clara respiró hondo antes de responder.
—Porque… tú eres inocente. Querían culparte. Utilizaron tu identidad. Yo lo descubrí. Y cuando me di cuenta de que estaba embarazada, entendí que mi vida corría peligro. No confiaba en nadie más… excepto en ti.
—No nos conocemos —dijo él con suavidad.
—No. Pero eras la única persona fuera de su círculo. Y necesitaba que alguien protegiera al bebé si algo me pasaba.
Daniel sintió que las palabras le pesaban como piedras.
—Clara, hay mucha gente peligrosa detrás de esto. Si lo que escribiste en el cuaderno es cierto…
—Lo es —respondió ella sin vacilar—. Tengo pruebas, copias de documentos, correos. Todo está guardado. Y ellos lo saben.
Daniel apretó los puños.
—Entonces tendremos que denunciarlos. Pero antes debemos pensar en tu seguridad y en la del bebé.
Ella asintió, pero sus ojos se llenaron de miedo.
—No me dejarán irme tan fácil.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Una enfermera entró apresurada.
—Señor Ortega… hay dos hombres abajo preguntando por usted. No parecen familiares. Dicen que es urgente.
Clara se aferró al brazo de Daniel.
—Son ellos —susurró—. Han venido por el cuaderno… o por mí.
Daniel se levantó con un impulso que no sabía que tenía.
—No dejaré que te hagan daño. Ni a ti ni al bebé.
La doctora apareció detrás de la enfermera.
—Tenemos una salida trasera hacia el área de logística. Si necesita salir sin ser visto, puedo ayudar.
Daniel tomó el cuaderno, miró a Clara y luego a la doctora.
—Prepárenla. Nos vamos ahora.
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