—Señor Ortega, necesitamos aclarar algunas cosas —dijo mientras tomaba asiento frente a él—. La paciente llegó desorientada, con contracciones muy avanzadas. Apenas pronunció su nombre y el suyo. No llevaba identificación. Solo un pequeño bolso. Su estado emocional es frágil. Es posible que esté huyendo de algo.
Daniel sintió que un escalofrío le recorría la espalda.
—¿Qué dice la policía? —preguntó.
—Aún no hemos avisado. Primero queríamos hablar con usted. No muestra signos de agresión física reciente, pero sí hay indicios de estrés prolongado.
—¿Puedo hablar con ella?
—Cuando despierte. De momento necesita descansar.
Daniel asintió, agradecido por el silencio momentáneo. Pero la doctora añadió algo que lo dejó helado:
—Antes de perder el conocimiento, insistió en que nadie más que usted debía acercarse al bebé. Lo repitió varias veces.
Daniel se frotó la frente, tratando de entender.
—Doctora, ¿puedo ver al niño?
Ella dudó unos segundos, luego lo guió hacia la unidad neonatal. Allí, entre sonidos leves de máquinas de monitoreo, una pequeña incubadora destacaba por el nombre escrito en una etiqueta provisional: Bebé Méndez Ortega.
El apellido le perforó el alma.
El bebé era diminuto, envuelto en cables y sensores, con el rostro rosado e inquieto. Daniel apoyó la mano en el cristal y sintió un impulso protector que no sabía explicar. No era su hijo… ¿o sí? La idea lo sacudió con fuerza. Intentó mantener la mente en orden: no había conocido a Clara, no tenía conexiones con ella. Pero algo no encajaba.
Mientras observaba al bebé, notó que una enfermera acomodaba una manta dentro de una bolsa transparente con los objetos de la madre. En la esquina inferior había un cuaderno pequeño, desgastado. Daniel se acercó.
—¿Puedo ver eso? —preguntó.
La enfermera, reconociendo que él figuraba como contacto responsable, se lo entregó. Era un diario o algo similar. La primera página tenía una fecha de hacía tres meses. Y debajo, una frase escrita con letra firme:
“Si algo me pasa, que él sepa la verdad. Solo él puede protegerlo.”
Daniel sintió un golpe en el pecho. Pasó la página y encontró un dibujo hecho a mano: era un croquis de un edificio que él conocía demasiado bien.
Su propia oficina.
Y una frase en el margen:
“Lo que descubrí no puede quedarse callado.”
El mundo de Daniel comenzaba a desmoronarse.
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