—¿Señor Ortega? —preguntó la voz al otro lado—. Su esposa acaba de dar a luz. Hemos tenido que trasladarla a la unidad de cuidados especiales. Necesitamos que venga al hospital lo antes posible.
Daniel casi dejó caer la taza.
—Debe haber un error —balbuceó—. Yo… no tengo esposa.
Pero la enfermera insistió, repitió su nombre completo, su fecha de nacimiento, incluso su DNI. Todo coincidía. Algo dentro de él dijo que colgar no era una opción. Y aunque cada lógica le gritaba que no tenía sentido, él ya estaba tomando las llaves del coche y saliendo de casa con el corazón acelerado.
Durante el trayecto, el pensamiento que más lo atormentaba no era la confusión, sino la posibilidad de que alguien —alguna mujer desconocida— estuviera en peligro y lo necesitara. Si ese era el caso, no iba a dejarla sola.
Cuando llegó al Hospital Sant Felip, el pasillo de neonatos estaba envuelto por un silencio tenso, ese silencio que solo los lugares donde la vida empieza y termina conocen bien. Una doctora lo recibió con el ceño fruncido, como si hubiera estado esperándolo.
—Señor Ortega, gracias por venir tan rápido. La paciente, Clara Méndez, llegó en trabajo de parto. Estaba sola. Dio su nombre como el padre del bebé. —La doctora mostró una carpeta con sus datos—. Usted figura como contacto de emergencia.
Daniel tragó saliva. Ese nombre, Clara Méndez, no significaba nada para él.
—Doctora —dijo con firmeza pero con voz temblorosa—, antes que nada, ¿está bien?
—Estable —respondió ella—, pero la situación es delicada. El bebé está en incubadora.
Daniel respiró hondo. Si había una vida en riesgo y su nombre estaba involucrado, no pensaba darle la espalda a esa responsabilidad, aunque no entendiera cómo había llegado hasta allí. Entonces dijo las palabras que cambiarían todo:
—Desde este momento, soy su esposo. Registre todas las facturas a mi nombre. Quiero hacerme cargo de lo que haga falta.
La doctora lo miró durante unos segundos, sorprendida por la determinación, y luego asintió.
—Acompáñeme. Hay algo que debe ver.
Con pasos rápidos atravesaron un corredor hasta detenerse ante una sala iluminada con luz tenue. Detrás del cristal, una joven pálida, exhausta, dormía profundamente. Y entonces, cuando Daniel vio el rostro de aquella mujer desconocida, su mundo se detuvo.
Porque aunque nunca la había visto en persona, la reconoció al instante.
Era la misma mujer que había intentado contactar con él dos meses atrás… pero cuyo mensaje él había ignorado pensando que se trataba de un spam.
Y ahora, había un bebé, un nombre falso puesto en los documentos, y un silencio que pedía respuestas urgentes.
La doctora le pidió que esperara en una pequeña sala contigua mientras hablaba con el equipo médico. Daniel se quedó allí, solo, respirando como si el aire se hubiera vuelto más espeso. El recuerdo del mensaje que había ignorado empezó a reconstruirse en su mente con una precisión inquietante: “Necesito hablar con usted. Es importante. Tiene que ver con algo que ocurrió hace tiempo”. No había más detalles. Él lo borró sin pensarlo dos veces.
Ahora, viendo a esa mujer en una cama de hospital, con un bebé luchando por estabilizarse, la culpa le quemaba el pecho.
La doctora regresó con expresión seria.
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