Se llamaba Mike. Mecánico. Cuarenta y siete años. A su hija, Kaylee, le diagnosticaron leucemia a los nueve. El seguro ayudó, pero no lo suficiente. Vendieron su casa. Trabajaron sin parar. Recaudaron dinero a través de su club de motociclistas. Pero aún les faltaban 40.000 dólares.
“Me estaba ahogando”, dijo. “Mi niña se estaba muriendo y no podía salvarla”.
“Le conté todo”, dijo. “Cómo había fracasado. Cómo estaba perdiendo a mi hija”.
Sarah escuchó. Sin juzgar. Sin miedo. Solo compasión.