Durante años, el cuerpo humano ha sido visto como algo automático: respira, filtra, elimina y sigue adelante sin que tengamos que pensar demasiado en ello. Sin embargo, hay órganos que trabajan en silencio y solo notamos cuando algo no va bien. Los riñones son un claro ejemplo. Están ahí, discretos, haciendo una labor vital las 24 horas del día, y aun así muchas personas no les prestan atención hasta que el problema ya está avanzado.
A simple vista, los riñones parecen simples filtros. Pero en realidad son auténticas centrales de control. Se encargan de limpiar la sangre, eliminar toxinas, regular líquidos, mantener el equilibrio de minerales y hasta ayudar a controlar la presión arterial. Cuando funcionan bien, ni nos enteramos. El problema empieza cuando dejan de hacerlo como deberían, y muchas veces los avisos iniciales pasan desapercibidos.
Las imágenes que suelen circular comparando un riñón “sano” con uno “dañado” pueden resultar impactantes. Vasos sanguíneos obstruidos, tejidos deteriorados y estructuras internas afectadas muestran una realidad que normalmente no vemos. Pero más allá del impacto visual, lo importante es entender qué lleva a ese deterioro y cómo se puede prevenir.
Uno de los enemigos silenciosos de los riñones es el estilo de vida moderno. Dietas altas en sal, azúcar y alimentos ultraprocesados sobrecargan el sistema. El exceso de sodio obliga a los riñones a trabajar más de la cuenta, mientras que el azúcar en exceso afecta directamente los vasos sanguíneos que los alimentan. Con el tiempo, ese esfuerzo constante pasa factura.
La deshidratación es otro factor clave. Muchas personas pasan horas sin tomar agua suficiente, reemplazándola por refrescos, café o bebidas azucaradas. Los riñones necesitan agua para filtrar correctamente. Cuando no la reciben, la concentración de desechos aumenta y el riesgo de daño también.
La presión arterial elevada es una de las causas más comunes de daño renal. Lo complicado es que la hipertensión no siempre da síntomas claros. Puede estar presente durante años sin molestias evidentes, mientras va afectando poco a poco los delicados vasos sanguíneos del riñón. Cuando se detecta el problema renal, muchas veces la presión alta ya lleva tiempo causando estrago
Algo similar ocurre con los niveles elevados de azúcar en sangre. La diabetes mal controlada afecta directamente la capacidad de los riñones para filtrar adecuadamente. El exceso de glucosa daña los pequeños filtros internos, haciendo que sustancias que deberían quedarse en el cuerpo se pierdan a través de la orina.
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