Nunca le dije a mi prometido que ganaba noventa mil dólares al mes. Siempre dio por sentado que vivía tranquilamente y ahorraba hasta el último centavo. Así que, cuando me invitó a cenar con sus padres, decidí hacer una pequeña prueba: presentarme como la "novia dulce y sin blanca" y observar cómo me trataban.

Durante la cena, Lorraine me interrogó sobre dónde vivía, qué conducía, si tenía préstamos y en qué trabajaban mis padres. Cada pregunta estaba cargada de sospecha.
"Ah, un Honda", dijo. "Al menos eres... modesto".
Daniel se limitó a soltar una risa incómoda.

 

Su padre, Mark, intervino y le preguntó a Daniel si estaba “tomando una decisión inteligente” al salir con alguien con “perspectivas financieras limitadas”.

Seguí sonriendo. No tenían ni idea de con quién estaban hablando.

Pero la chispa final llegó cuando Lorraine se inclinó hacia delante, miró directamente a Daniel (ignorando el hecho de que yo estaba allí) y dijo:

Parece dulce, pero puedes encontrar algo mejor. Necesitas a alguien que no te deprima.

Una vez más, Daniel no dijo nada.

Ese fue el momento en que decidí que estaban a punto de tragarse cada palabra.

Coloqué mi servilleta sobre la mesa y pregunté con calma: “Ya que el dinero parece tan importante esta noche, ¿puedo hacer una pregunta?”

Lorraine se animó. "Claro, querida."

¿Cuánto cree usted que debería aportar económicamente una mujer al matrimonio?

Mark respondió primero. «Idealmente nada. Daniel está estable. Él proveerá».

“¿Y si gana más?” pregunté.

Lorraine se burló. «Una esposa que gana más que su esposo solo crea problemas. Por suerte, eso no será un problema para ti».

Daniel rió entre dientes. "Sí, cariño, no te preocupes. Yo me encargo de nosotros".

Ese fue el giro de cuchillo, no porque quisiera su dinero, sino porque él genuinamente creía que no tenía ninguno.

Metí la mano en mi bolso, saqué una delgada carpeta negra y la puse sobre la mesa.

"¿Qué es eso?" preguntó Lorraine.