La dignidad nadie te la puede quitar. Naciste con ella, solo la habías dejado dormida por un tiempo. Valentina salió de casa de Elena con el vestido cuidadosamente guardado en su funda y las joyas envueltas con mimo, pero sobre todo salió con algo que no había sentido en años. Seguridad. Caminó por las calles con paso firme y al pasar frente al escaparate de una tienda se detuvo. Lo que vio reflejado no fue a una simple empleada doméstica, era ella, Valentina Rossi, la mujer que una vez fue el centro de todas las miradas.
El jueves estalló en la mansión Belmont como una tormenta de preparativos. decoradores, floristas, camareros, músicos, todos iban y venían sin descanso, ultimando cada detalle para lo que prometía ser el evento del año. Valentina participó en la organización durante el día, pero su mente estaba lejos, anticipando un momento mucho más importante. A las 5 en punto terminó su jornada. subió a su pequeña habitación en la guardilla, humilde, funcional, sin lujos, y se encerró allí como una mariposa a punto de salir del capullo.
Se duchó sin prisas, disfrutando cada minuto, como si se lavara también las heridas del pasado. Pintó sus uñas con un esmalte rojo profundo que había comprado especialmente para esa noche. El vestido se deslizó sobre su piel, como si la reconociera. Era suyo. Las joyas aportaban el brillo justo, sin excesos. Recogió su melena en un moño bajo, elegante, dejando algunos mechones sueltos que acariciaban su rostro. El maquillaje fue sencillo, pero preciso, resaltando sus ojos verdes, esos que siempre hablaron por ella, incluso en silencio.
Cuando se miró al espejo, le temblaron los labios. No pudo evitar que se le empañaran los ojos. Allí estaba de nuevo la mujer que había posado para portadas de revistas, la que cenaba con diplomáticos, que negociaba con firmeza desde la cabecera de una mesa, que llenaba una sala con su sola presencia. Era ella. Siempre lo había sido, solo que el mundo lo había olvidado y ella también. Abajo el sonido del cristal chocando, las risas y el murmullo de los primeros invitados la sacó de su trance.
Era el momento. Tomó el pequeño bolso que Elena también le había prestado. Respiró profundamente y abrió la puerta. Cada paso por aquella escalera de servicio tenía intención. Su caminar no era el de una criada nerviosa intentando pasar desapercibida. Era el andar pausado de una mujer que volvía a ocupar su lugar. Desde lo alto de la escalera observó el salón principal. Todo era luz y lujo. Cientos de velas colgaban como estrellas de los techos. La élite política, empresarial y cultural de la ciudad ya se mezclaba entre copas de champán y conversaciones sin alma.
Y en medio, como un emperador satisfecho, estaba Augusto, rodeado de risas falsas y adulaciones vacías, contaba una historia con entusiasmo, ajeno a la tormenta que se avecinaba. Fue entonces cuando Roberto Castellano, con su whisky en mano, alzó la mirada y la vio. El vaso se le quedó suspendido a medio camino de los labios. Sus ojos se abrieron de golpe y soltó en un susurro cargado de incredulidad. No puede ser. A su lado, Marina Tabárez giró la cabeza.
Al ver a Valentina, la copa le tembló entre los dedos. Abrió los ojos como platos, llevó la mano al pecho sin creer lo que veía. A su alrededor, uno a uno, los rostros se giraban, las conversaciones se truncaban a la mitad, las carcajadas morían en la garganta. Un silencio elegante, pesado y reverente comenzó a envolver la sala. Carlos Montenegro dejó caer el tenedor. La esposa del embajador francés tiró del brazo de su marido con urgencia y el ministro de finanzas parpadeó tratando de confirmar si aquello era real o producto de su imaginación.
Y entonces Valentina empezó a andar. Cada paso era una declaración de intenciones. No caminaba, desfilaba, no dudaba, reinaba. Con la espalda recta, la barbilla apenas levantada y una sonrisa leve, la sala entera se abrió a su paso, como si el mar reconociera a su reina. 200 personas dejaron de hablar para mirar como una mujer vestida de rojo recuperaba el trono que una vez fue suyo. Augusto notó el cambio en la atmósfera. Su sonrisa se torció desconcertado por las miradas a su alrededor.
Se giró lentamente, esperando ver a su sorpresa, a la criada fuera de lugar que tanto había planeado ridiculizar, pero lo que encontró lo dejó sin palabras. “Buenas noches, Augusto”, dijo Valentina con una voz serena envolvente. “Gracias por la invitación. Muy considerado por tu parte, Augusto la miró como si hubiera visto un fantasma. Aquella no era su empleada. Esa mujer no encajaba con el uniforme gris y las tareas domésticas. Esa mujer era Valentina Rossi. Roberto se acercó con los ojos aún muy abiertos.
Valentina Rossi, Dios mío, ¿eres tú? De verdad. El nombre resonó por la sala como una campana antigua despertando memorias dormidas. Valentina Rossi. Como si alguien hubiera encendido una chispa, los susurros comenzaron a extenderse de rincón a rincón. Algunos la recordaban bien, otros solo el apellido, pero todos sabían lo que esa presencia significaba. Hola, Roberto”, respondió ella, tendiéndole la mano con toda la naturalidad del mundo. “Un placer verte de nuevo.” Roberto le besó la mano como si se tratara de una reliquia sagrada.
Aún confundido, tartamudeó. “¿Pero qué haces aquí? ¿Conoces a Augusto?” En ese momento, Marina Tabáz se acercó con lágrimas de emoción en los ojos. Valentina, Valentina Rosy, cielo santo, has desaparecido todos estos años. Te hemos buscado en cada evento. No sabíamos qué había pasado contigo y allí estaba de nuevo entre ellos, no como una sombra del pasado, sino como una presencia firme, con dignidad intacta, como alguien que nunca debió marcharse. Solo estaba esperando el momento adecuado para volver.