¡MILLONARIO INVITÓ A LA LIMPIADORA PARA HUMILLARLA… PERO CUANDO ELLA LLEGÓ COMO UNA DIVA!….

Lo importante era si tendrían el coraje de admitir frente a Augusto, que aquella mujer que trapeaba el suelo había sido una de las figuras más respetadas del círculo que ahora pretendían representar. El miércoles, Valentina salió en busca de algo crucial, un vestido digno de su regreso. Había ahorrado cada moneda de su salario escaso, pero ni de lejos le alcanzaba para comprar algo apropiado para una gala de ese calibre. Entonces recordó a Elena Marchetti, una costurera italiana que había trabajado para los Rossy durante años.

Elena vivía en una casita modesta en el centro de la ciudad, pero sus manos eran auténtico arte. Había diseñado algunos de los vestidos más icónicos de la alta sociedad, incluidos varios, que Valentina había llevado en sus mejores años. “¡Mamá mía!”, exclamó Elena al abrir la puerta y ver a Valentina frente a ella. “Bambina, ¿dónde te habías metido? Te he buscado tanto. Se abrazaron y en el calor de esa pequeña sala ambas lloraron en silencio, reconociendo el dolor y la alegría del reencuentro.

Elena, ya en sus 70 conservaba en sus ojos el mismo fuego de cuando era la modista de confianza de las mujeres más influyente. “Necesito tu ayuda”, dijo Valentina sin rodeos. le contó la situación evitando los detalles más duros, pero dejando claro que se trataba de una ocasión especial. Elena alzó la mano interrumpiéndola. No digas más. Eres una Rosy y la Rossi no pisan una fiesta sin estar deslumbrantes. La condujo a una habitación trasera donde guardaba sus creaciones más preciadas.

Allí, protegido del polvo y del tiempo, colgaba un vestido que cortó la respiración de Valentina. Era de seda italiana en un rojo profundo. El escote era elegante, no ostentoso. Las mangas largas, de encaje fino, terminaban en una falda que se abría con una cola ligera. Bordado a mano con hilos dorados, parecía una pintura hecha vestido. Lo hice hace dos años para una clienta que nunca vino a recogerlo”, explicó Elena, sus ojos brillando de emoción. Siempre supe que estaba esperando a la persona adecuada.

Cuando Valentina se lo probó, fue como si el vestido hubiera sido creado para ella. Se ajustaba a su cuerpo con la precisión de un secreto bien guardado. Era perfecto. Ni demasiado llamativo ni demasiado discreto. Una declaración de elegancia que no necesitaba palabras. No puedo aceptarlo, Elena susurró. Este vestido vale una fortuna, bambina. No se trata de dinero”, dijo Elena con firmeza mientras ajustaba los hombros del vestido. “Este vestido está hecho para momentos como este, para recordar al mundo quién eres.

No es un regalo, es justicia.” Insistió también en prestarle un conjunto de joyas heredadas de su abuela, un collar de perlas naturales con broche de diamantes, pendientes que brillaban con suavidad y una pulsera sencilla, pero distinguida, que cerraba el conjunto con discreción. “Mañana por la noche, cuando entres en esa fiesta, quiero que recuerdes algo.” dijo Elena, tomando las manos de Valentina entre las suyas. “La clase no se compra. La elegancia no se aprende y la dignidad bambina.