Durante semanas, preparé cada detalle. Había elegido el menú con esmero, encargado las flores con antelación y colgado guirnaldas de luces doradas en el jardín para que, al anochecer, la mesa brillara bajo su resplandor. No era una cena ordinaria: era nuestra reunión familiar anual, una tradición iniciada por mis abuelos y transmitida de generación en generación. Una celebración de la unidad. Un recordatorio de que, a pesar de lo ocupados que estuviéramos, la familia siempre era lo primero.
Al menos, eso es lo que yo creía. Advertisment Los invitados llegaban poco a poco, sus risas llenando el jardín. Mi padre admiraba el vino, mi madre ajustaba los cubiertos, mis primos intercambiaban anécdotas. Todo parecía perfecto.
Hasta que Michael llegó. Y no estaba solo.
De su brazo se agarraba una mujer con un vestido rojo ajustado, con la mano delicadamente posada sobre su vientre redondeado. Su belleza era innegable, pero lo que me heló la sangre fue la mano de Michael, posada con orgullo, casi con posesión, sobre ese vientre, como si presentara al mundo su mayor logro.
Un silencio glacial se apoderó del lugar. Los tenedores quedaron suspendidos en el aire, mi padre casi se atraganta con el vino. Todos comprendieron, sin que se dijera una palabra.