Cuando se fueron, el pastor Harris me apretó la mano. «La sanación empieza hoy».
Cuando la puerta se cerró, me senté solo en la mesa, la comida se enfriaba, pero por primera vez en años, sentí calor por dentro.
Daniel se mudó esa tarde. Observé desde el porche cómo subían las cajas al camión, con movimientos rígidos y el orgullo herido. No miró atrás.
Esa noche, la casa estaba en silencio, en paz. Dormí hasta la mañana, sin que nadie me molestara. No se oían voces alzadas. Ni pasos por el pasillo.
Sólo paz.