Mi hijo compró una casa de un millón de dólares e invitó a los padres de su esposa a vivir con ellos. Una noche, cuando fui a cenar, gritó: "¿Por qué no nos lo dijiste, papá?"

Su voz se quebró por completo; oí los sollozos del mismo niño que una vez cargué sobre mis hombros a través de los arrozales.

Sonreí entre las lágrimas y murmuré:

—Lo entiendo, hijo. Mientras seas feliz, eso es todo lo que importa.

Pero en el fondo, sabía que algo se había roto: una herida que el tiempo podía adormecer, pero nunca sanar del todo.

Mientras el autobús pasaba por los arrozales iluminados por el sol, miré por la ventana y murmuré:

“Al final, el campo sigue siendo el lugar más tranquilo para un padre como yo”.

 

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