—Arrestamos a un tipo la semana pasada —dijo, con la voz baja—. Tenía insignias falsas. Equipamiento militar auténtico, pero sin registros, sin historial, sin nada que lo justificara. Intentó usarlo para entrar a una instalación. Cuando lo confronté, se resistió. Me atacó. Tuve que reducirlo, y ahí… —respiró hondo— algo se me rompió por dentro.
Entendí al instante. Rubio no solo había tenido un malentendido conmigo. Estaba arrastrando la tensión de un incidente reciente que había puesto en riesgo su vida.
—Desde entonces —continuó—, cada vez que veo algo relacionado con el ejército… algo me dispara. No pensé, solo… reaccioné.
Me quedé en silencio. Sabía perfectamente cuán profundas podían ser las cicatrices invisibles que dejaban esos encuentros. Pero también supe que ese episodio explicaba algo más: su sentido de justicia se había vuelto casi defensivo, como si quisiera evitar a toda costa repetir la misma situación.
—No fue tu culpa —le dije—. Estabas condicionado por lo que viviste. Pero sí podemos trabajar en ello.
Él soltó una risa amarga.
—¿“Trabajar en ello”? Espero que no te refieras a terapia, porque ya sabes cómo es la unidad con esos temas…
—Rubio —interrumpí suavemente—, soy tu hermano, pero ahora también soy tu superior. Si te lo ordenara formalmente, ¿lo harías?
Levantó la mirada, sorprendido. Por primera vez, no vi al hermano mayor protector: vi al sargento que buscaba orientación.
—Sí —respondió, firme.
—No te lo ordenaré. Pero te lo recomendaré —dije con una sonrisa ligera—. No por el protocolo. Por ti.
Rubio tragó saliva. No respondió, pero su silencio fue una aceptación.
Caminamos juntos de vuelta al interior de la casa. La familia ya estaba recogiendo, y el ambiente se había suavizado. Mi madre, siempre atenta, nos observó desde lejos. Podía leer rostros como nadie, y supo que la tensión entre nosotros había cedido.
Esa noche, antes de irme, Rubio me detuvo junto al coche.
—Hermano —dijo—, no voy a olvidar esto. Ni lo que pasó. Pero te prometo que voy a mejorar. Y… gracias por no humillarme enfrente de todos cuando pudiste haberlo hecho.
—No somos ese tipo de familia —respondí, colocándole una mano en el hombro—. Además, tengo al mejor sargento de hermano mayor. Con defectos, sí… pero también con un corazón enorme.
⏬ Continua en la siguiente pagina ⏬