Rubio respiró hondo y, finalmente, presionó el broche de seguridad. Las esposas cayeron y el sonido metálico resonó en toda la sala.
Me froté las muñecas mientras él daba un paso atrás, sin atreverse a mirarme.
—Explícate —pidió, pero esta vez su voz no tenía autoridad; tenía miedo.
Lo miré directamente.
—Rubio, la razón por la que desaparecí tanto tiempo no fue para “jugar a los soldaditos”, como siempre te burlabas cuando éramos chicos. Fui asignado a un programa de evaluación estratégica. Clasificado. Me ascendieron hace apenas unos días. Aún no lo han hecho público, y la notificación protocolar a las unidades subordinadas se da en fases. Tu estación policial está programada en una semana.
Mi hermano abrió los ojos como si estuviera recibiendo un golpe.
—Pero… ¿por qué no dijiste nada?
—Porque no estaba autorizado —respondí, sin dureza—. Y porque quería contárselo a la familia personalmente esta noche, después de la cena.
La mesa, antes llena de tensión, empezó a transformarse. Los murmullos regresaron, esta vez mezclados con asombro y un cierto orgullo silencioso. Mi madre se secó las lágrimas con el delantal, acercándose para examinar mis muñecas, como si pudiera borrar con sus manos todo el malentendido.
Rubio, sin embargo, permaneció inmóvil, clavado al suelo. Podía ver perfectamente el torbellino interno que estaba atravesando: vergüenza profesional, un sentido del deber distorsionado por la impulsividad y, sobre todo, el peso emocional de haber humillado públicamente a su propio hermano.
—Yo… —balbuceó—. No sabía. Solo… pensé que tenía que hacer lo correcto.
—Y lo hiciste —respondí—, según lo que sabías. No te culpo.
Finalmente levantó la mirada. Sus ojos estaban rojos, pero no por rabia. Era orgullo mezclado con una culpa feroz.
—Permíteme reparar esto —dijo.
—Habrá tiempo para eso —respondí—. Pero ahora, si quieres, siéntate. Hablemos.
Se dejó caer en su silla, exhausto.
Lo que no sabíamos era que ese malentendido iba a desencadenar algo mucho más grande que una simple escena familiar.
La cena continuó con un ambiente extraño, como si todos caminaran sobre vidrio. Mi hermano apenas probó su postre. Yo sabía que la vergüenza lo iba a perseguir durante días, quizás semanas. Rubio siempre había vivido bajo estándares autoimpuestos imposibles, y ahora esa carga era aún mayor.
Aun así, algo más empezó a inquietarme: ¿cómo era posible que se hubiera puesto tan agresivo por una simple chaqueta? No era propio de él exagerar hasta ese punto, incluso con su temperamento. Decidí abordarlo después de que los demás se dispersaron.
Lo encontré en el jardín, de espaldas, con las manos sobre la nuca. El aire fresco de la noche lo envolvía, pero su postura rígida delataba que seguía atrapado en su propia tormenta mental.
—¿Puedo? —pregunté, señalando la silla junto a él.
Asintió sin girarse.
Nos sentamos en silencio unos segundos, escuchando el zumbido lejano del tráfico.
Él tardó en responder.
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