Daniel no pudo sostener sus mentiras.
Durante las audiencias, los videos fueron reproducidos. Lucas, con una valentía que me rompió el corazón y me llenó de orgullo, explicó lo que había visto y por qué había grabado.
El juez fue claro.
Daniel fue obligado a devolver cada peso, se impusieron restricciones legales estrictas sobre su manejo financiero y quedó bajo supervisión judicial en cualquier decisión relacionada con bienes familiares.
Nuestra relación quedó marcada para siempre.
Lucas y yo nos mudamos a un departamento en la colonia Del Valle, cerca de su escuela y lejos de los recuerdos de aquella noche.
Mi relación con Antonio se fortaleció. Él no gritó, no encubrió. Protegió.
Daniel obtuvo derechos de visita supervisada, pero su control sobre nuestras vidas desapareció.
Yo retomé mi trabajo en marketing digital, esta vez con una fuerza nueva. Lucas empezó actividades extracurriculares donde su liderazgo y sentido de justicia comenzaron a notarse.
Cada noche hablábamos. De límites. De verdad. De valentía.
—Mamá —me dijo un día—, ahora sé que no debemos quedarnos callados, ni siquiera cuando los adultos hacen cosas malas.
Le tomé la mano.
—Exacto, hijo. La verdad siempre nos cuida.