Daniel se acercó a Lucas y susurró con rabia contenida:
—Apágala, Lucas. Ahora.
Pero Lucas negó con la cabeza.
—El abuelo dijo que harías esto.
Ese instante rompió todo.
La cena terminó de forma abrupta, entre murmullos, miradas incómodas y platos sin tocar.
Esa noche, cuando todos se fueron, la verdad empezó a salir a la luz.
Al día siguiente, todavía temblando, me senté con Antonio y con Lucas.
Descubrí que durante meses Daniel había estado desviando dinero de la empresa familiar a cuentas personales, sin autorización. Manipulaba registros, justificaba transferencias falsas y usaba supuestos “gastos de negocios”.
El total: 15 millones de pesos mexicanos.
Antonio, preocupado por el futuro de la familia, había comenzado a grabar conversaciones y reunir pruebas. Sin querer, Lucas había sido testigo de varias discusiones y, siguiendo las indicaciones de su abuelo, había grabado momentos clave.
—Mamá, yo solo quería protegerte —me dijo Lucas—. Papá no pensó que yo estaba escuchando… pero todo quedó en la cámara.
Sentí una traición profunda.
Daniel no solo me había humillado públicamente.
Había puesto en riesgo nuestro futuro y el de su propia familia.
Reunimos todo: correos, mensajes, videos, estados de cuenta bancarios.
Con la ayuda de un abogado en derecho financiero y familiar, presentamos las pruebas ante la fiscalía y el juzgado civil.