Muchos me preguntaron si no me dolió “denunciar” a mi propio hijo. La verdad es que dolió mucho más callar durante años. El silencio protege al agresor, nunca a la víctima. Entendí que defenderme no me hacía una mala madre; me hacía una persona digna.
Hoy uso parte del dinero de la granja para ayudar a otras mujeres mayores a recibir asesoría legal básica. No doy discursos heroicos. Solo cuento mi historia cuando alguien lo necesita. Porque estas cosas pasan más de lo que creemos, en casas normales, con apellidos normales.
Si estás leyendo esto y algo te resulta familiar, no lo ignores. Habla. Busca ayuda. Documenta. Y si esta historia te hizo reflexionar, comparte tu opinión en los comentarios:
¿Crees que los padres siempre deben sacrificarse por los hijos, incluso cuando hay abuso?
¿Dónde pondrías tú el límite?