Me llamo Margaret Lewis, tengo sesenta y ocho años y durante cuarenta trabajé la misma granja en Iowa junto a mi difunto esposo, Robert. Vendimos la granja hace tres meses porque mis rodillas ya no aguantaban el trabajo y porque creí, ingenuamente, que así podría asegurar una vejez tranquila. El dinero estaba destinado a cubrir mis cuidados médicos y a pagar la pequeña casa donde vivía con mi hijo Daniel y su esposa Emily, “solo por un tiempo”, según ellos.
