“No hace falta. Esa gente es de clase alta. No quiero que piensen que tengo familiares… de pueblo”.
Daniel, indignado, respondió:
¡Es mi esposa, Sofía! Es parte de la familia.
Ella lo miró con superioridad y replicó:
“No entiendes, Daniel. Todo tiene una imagen que mantener”.
Me limité a sonreír. No tenía sentido discutir con alguien tan ciego por su ego.
El destino da la vuelta
Tres meses antes de la boda, mi empresa firmó un importante contrato con una compañía de construcción. El encargado técnico era un hombre reservado y profesional: el señor Morales. Lo había visto solo un par de veces, pero no imaginaba que se trataba del futuro esposo de mi cuñada.
Llegó el día de la boda. Sofía me había prohibido asistir, pero decidió ir igualmente. No por orgullo, sino para felicitarla sinceramente. Llevaba un vestido blanco sencillo, elegante y discreto.
Al entrar al salón, Sofía me vio y exclamó con fastidio:
“¿Qué haces aquí? Te dije que no vinieras.”
Sonreí y respondí con calma:
“Solo vine a desearte felicidad. No haré nada que te avergüence”.
Ella resopló y se dio media vuelta. Pero lo que ocurrió después dejó a todos sin aliento.
“¿Señora Valeria?” —el momento que cambió todo
El novio apareció, impecable en su esmoquín. Pero cuando nuestras miradas se cruzaron, su expresión cambió por completo. La copa que tenía en la mano cayó al suelo.