"¿Hablas en serio?"
"Por supuesto", dijo mi suegra encogiéndose de hombros. Vivo aquí, lo veo todo. Está histérica, provocando, dando portazos. Cualquier hombre paciente, tarde o temprano, se derrumba.
¿Crees que golpear a una mujer es normal? La voz de mi padre se volvió gélida.
Dima se tensó al instante:
¡Yo no la toqué! ¡Lo hizo ella misma! ¡Mamá lo confirmará!
Tatyana Petrovna asintió sin pestañear:
Claro. Yo la vi. Nadie la golpeó. Se cayó sola.
Los miré: esa mentira bien engrasada, la seguridad con la que me culpaban. Y de repente algo hizo clic en mi interior. Fatiga. No fatiga física, sino más profunda. No podía soportarlo más.
"No", dije en voz baja, pero con claridad. "No me caí". La habitación quedó en silencio, como si el aire se hubiera desvanecido.
"¿Estás loca?" Dima se giró bruscamente hacia mí.
"No. Me golpeaste. Ayer. Cuando me negué a darte dinero por otra 'idea brillante'. Y no era la primera vez.
Abrió la boca, pero no dejé que lo interrumpiera:
"Y tu madre lo vio todo. ¿Verdad, Tatiana Petrovna?"
Se quedó un momento desconcertada. Solo un poco, pero me di cuenta. Entonces volvió a ponerse la máscara:
"No entiendo de qué hablas..."
"Estabas de pie en el pasillo", continué. "Observando. Y en silencio. No intentaste detenerlo. Solo esperaste a que terminara."
El silencio se hizo denso. Mamá me miró con lágrimas en los ojos, pero había fuerza en su mirada. Mi padre apretó los puños.
"Nos vamos", dijo. "Ahora mismo. Prepárate."
"No", respondí con calma. "Me quedo. Esta es mi casa."
Para conocer los tiempos de cocción completos, vaya a la página siguiente o abra el botón (>) y no olvide COMPARTIR con sus amigos de Facebook.