Llegaron mis padres y tenía la cara llena de moretones. Mi esposo se paró a mi lado y se rió.

En otoño, noté que había dejado de contar los meses. Antes, todo se medía "desde entonces": desde aquel día, desde aquel golpe, desde aquella prueba. Y ahora el tiempo ha vuelto a ser simplemente tiempo. La mañana dio paso al anochecer, las hojas cayeron y no hubo dolor.
Caminaba a menudo. Miraba las ventanas de los demás, la luz que entraba en ellas, las vidas cotidianas; no ideales, sino reales. Y de repente me di cuenta: ya no envidiaba a nadie. Ni a las parejas, ni a las familias, ni a la felicidad ajena. Tenía mi propia felicidad, tranquila.
A veces me escribían mujeres. Las que habían leído mi historia, la habían escuchado de otros o la habían encontrado por casualidad. Me escribían brevemente:
"Gracias. Me fui."
O:
"Todavía no me he ido, pero ya sé que puedo."
Cada mensaje así me parecía una confirmación: no había sobrevivido en vano.
Un día, me encontré con Dima en la tienda. Por casualidad. Había envejecido, encorvado, mirando más allá de mí como si yo fuera transparente. Y tenía razón. Ya no había pasado ni futuro entre nosotros.
Salí, respiré el aire frío y de repente me di cuenta: mi corazón latía a un ritmo regular. Sin aceleración. Sin dolor. Sin ganas de demostrar nada.
Esa noche, encendí velas en casa. No por nada. Simplemente porque sí. Me senté con un libro y me sorprendí pensando que la felicidad no es una explosión de emociones. Es la ausencia de miedo. Si alguien me preguntara en quién me he convertido, respondería simplemente:
Una mujer que se eligió a sí misma y no se disculpó por ello.
Y, quizás, fue la mejor decisión de mi vida.

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