Un matrimonio de diez años terminó en una sola noche.
Arina no podía creer que Sergei, su esposo, se quedara callado mientras su madre la echaba. Todo empezó con otra queja de la mujer mayor, esta vez sobre el borscht mal cocinado:
¡Ni siquiera sabes cocinar! ¿Qué clase de esposa eres? ¡Y ni siquiera puedes darnos nietos!
—Mamá, cálmate —murmuró Sergei, pero su madre insistió:
—No, hijo, no me quedaré de brazos cruzados mientras esta inútil te arruina la vida. ¡Elige: ella o yo!
Arina contuvo la respiración, esperando que su marido la defendiera. En cambio, él solo extendió las manos con impotencia.
—Arin, quizá sea mejor que te vayas por un tiempo, que te quedes con amigos y pienses las cosas.

Ahora, parada afuera con solo 5.000 rublos en el bolso y un teléfono lleno de contactos que no había contactado en años, Arina sintió que el suelo cedía. Su vida había girado en torno a esa casa, su marido y su madre.
Caminó por la calle, sin hacer caso de la llovizna ni del frío. Aunque pocos transeúntes se apresuraban a refugiarse, la luz de la farola temblaba sobre el asfalto húmedo, haciendo que todo pareciera distante e irreal.
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