La suegra y el marido echaron a Arina de casa y, cuando la encontraron accidentalmente tres años después, no podían creer lo que veían.

Una gélida tarde de octubre cambió para siempre la vida de Arina. Estaba de pie en la puerta de su antigua casa, con una maleta hecha a toda prisa en la mano, mientras el grito de su suegra resonaba en sus oídos.

¡Sal de mi casa! ¡Y no vuelvas aquí!

 

 

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