“Mamá, mira”, dijo lo bastante alto para que varias personas alrededor escucharan. “No recuerdo haber visto a esa mujer en la lista.” Beatr Scor, la matriarca, ajustó el collar de perlas que colgaba de su cuello y dirigió hacia Elena una mirada fría. Querida, estoy segura de que tu nombre no aparece en nuestra lista de invitados”, pronunció en un tono suave, pero cargado de veneno. Elena no se detuvo.

Caminó con paso firme hasta la mesa de registro. Cuando llegó, abrió su cluch con calma y sacó una tarjeta de invitación color crema con letras doradas. “Buenas noches”, dijo en un tono cordial. “Aquí está mi invitación. El guardia de seguridad, un hombre alto vestido con traje oscuro, examinó la tarjeta con detenimiento.
“Parece legítima, señora”, comentó tras revisar el relieve y los sellos. “Parece”, repitió Beatriz, dejando escapar una risa breve, pero cruel. No son capaces de confirmar con certeza. Este evento es exclusivo, no un mercado abierto. Las risas contenidas comenzaron a escucharse en varios rincones del salón.
Los murmullos crecían como un zumbido incómodo. Varias personas sacaron sus teléfonos para grabar discretamente. Tomás Keyer, el hijo menor, levantó el suyo sin pudor y comenzó a transmitir en vivo. Esto va a estar interesante, susurró con una sonrisa cínica. Elena mantuvo la calma. No era la primera vez que la miraban como si no encajara, pero el ambiente cargado de lujo y arrogancia la ponía a prueba. Tomó aire y se quedó erguida con la dignidad intacta.
De pronto, un camarero pasó junto a ella con una bandeja llena de copas de vino tinto. Sus pasos eran firmes, acostumbrados al servicio de alto nivel, pero alguien lo empujó por la espalda justo cuando estaba a su lado. La copa se volcó y el líquido carmesí se derramó sobre el vestido negro de Elena. El impacto fue inmediato.
El vino manchó la tela como si quisiera marcarla a propósito. Hubo un silencio breve y luego un estallido de risas contenidas. “Qué torpeza”, exclamó Valeria cubriéndose la boca con fingida sorpresa, aunque sus ojos brillaban de diversión. Aunque supongo que está acostumbrada a ese tipo de accidentes.
Elena bajó la vista un instante hacia su vestido manchado. Podía sentir la humedad pegándose a la tela, pero más le ardían las miradas y las carcajadas alrededor. Antes de que pudiera reaccionar, Valeria se adelantó con una servilleta en la mano. “Déjame ayudarte”, dijo en un tono fingidamente amable. se inclinó hacia ella, pero en lugar de limpiar con delicadeza, presionó la servilleta con fuerza, extendiendo aún más la mancha y arruinando la tela.
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