El silencio en la sala era absoluto. Cada palabra parecía pesar más que la anterior. Y aprendí algo más. añadió, “El poder verdadero no está en destruir, sino en construir. Está en usar cada oportunidad para hacer lo correcto, incluso cuando nadie más lo espera.” El auditorio estalló en aplausos. Adrián, sentado en primera fila, sonrió con orgullo.
Sabía que esa mujer, la misma que había soportado en silencio el desprecio de toda una familia, se había transformado en un símbolo global de resiliencia y respeto. Aquella noche en el hotel había sido el fin de los queyer, pero también el inicio de algo más grande.