“Dejarlo como está me hace sentir en paz”, dijo.
El grito en la noche
Alrededor de medianoche, me desperté con un ruido.
Al principio, pensé que era el viento o un mapache en el porche. Pero luego...
Un grito. Agudo. Aterrorizado.
Mi hermana y yo saltamos y corrimos hacia la habitación de papá.
Desde detrás de la puerta, escuchamos la voz temblorosa de Melissa:
—¡No! ¡Por favor, no hagas esto!
Empujé la puerta para abrirla.
Melissa estaba en el suelo, con los brazos alrededor de su cabeza, temblando incontrolablemente.
Papá se quedó congelado en la esquina, pálido y sin palabras.
La habitación era un desastre: su vestido estaba enredado, los papeles estaban esparcidos como hojas caídas. Entre ellos, reconocí fotografías rotas: fotos antiguas de mi madre.
Mi hermana abrazó a Melissa y le susurró suavemente. Después de un buen rato, Melissa logró hablar:
Vi a alguien… parada en la esquina. Una mujer vestida de blanco. Me miró y dijo: «Este no es tu lugar» .
Me volví hacia papá.
Sus ojos estaban llenos de algo que nunca había visto antes: miedo, culpa y dolor, todo mezclado.
El peso de la memoria
Papá no durmió esa noche. Se sentó tranquilamente en el porche, meciéndose en su silla, viendo amanecer.
En el desayuno nadie habló.
Melissa estaba pálida, apenas tocaba su café. Papá no comió nada.
Más tarde esa mañana, lo vi regando los viejos rosales de mamá, los que ella plantó antes de morir.
Cuando me senté a su lado, dijo en voz baja:
