“Es hora de divorciarse”.

El silencio al otro lado era ensordecedor. Entonces, una risa ahogada, casi histérica. “¡No. No, no, no! ¡Anna, ese pastel no es para ti! Escúchame. Era para Sarah, mi socia. Su esposo se acaba de mudar, y de broma, yo… Dios mío, le pedí ese pastel. Pedí dos de la misma pastelería: uno para ella y uno de terciopelo rojo para ti que dice 'Feliz primer aniversario, mi amor'. El mensajero debió confundirlos.”

Un alivio me invadió como una oleada vertiginosa, tan potente que tuve que agarrarme al mostrador.

“Pero la reunión de emergencia…”, logré decir.

“No hay ninguna reunión”, confesó, suavizando la voz. “Estoy en el aeropuerto. Te sorprendo con un fin de semana en Miami. Tengo los billetes, un hotel en la playa… todo formaba parte del plan. Y ahora tengo que volver a casa para que podamos tomar nuestro vuelo.”

Finalmente, una risa brotó de mi garganta, nacida del puro alivio y de lo absurdo de todo. "Vuelve a casa", dije, con la voz firme por primera vez. "Ya lo encontraremos".

Una hora después, irrumpió por la puerta, con el traje arrugado y su rostro convertido en un lienzo de disculpas y amor. En sus manos tenía un pequeño y perfecto pastel de terciopelo rojo. Lo dejó en la mesa, justo al lado del infame pastel del divorcio.

No llegamos a Miami esa noche. En cambio, pedimos nuestra comida favorita para llevar, nos pusimos el pijama y nos sentamos a esa mesa tan bien puesta. Comimos dos rebanadas de pastel —una de amor y otra de caos equivocado— y reímos hasta que se nos saltaron las lágrimas.

Ese pastel del "divorcio" se convirtió en la parte más memorable de nuestra historia de amor. Es nuestro recordatorio de que, incluso cuando una sorpresa amenaza con destrozarlo todo, una base sólida de amor puede convertir una posible tragedia en la historia de aniversario más divertida que jamás contaremos.