“Es hora de divorciarse”.

Había pasado dos semanas planeando el primer aniversario perfecto. La mesa estaba puesta con nuestra porcelana más fina, la luz de las velas danzaba por la habitación y llevaba un vestido que me hacía sentir como la mujer con la que se había casado hacía un año increíble. Todo estaba listo para Thomas.

Entonces sonó mi teléfono.

"Hola, cariño, lo siento mucho..." Su voz estaba impregnada de una frustración que conocía bien. "Surgió una reunión de emergencia. Tengo que volar esta noche".

Me dio un vuelco el corazón, pero me tragué la decepción. "Claro, cariño. El trabajo es el trabajo".

Seguía sentada en el sofá, mirando las dos copas de vino intactas, cuando un golpe en la puerta me sobresaltó. Un mensajero estaba allí, sosteniendo una caja blanca inmaculada. "Entrega para Anna".

Me alegré muchísimo. ¡Esta era su sorpresa! La reunión de emergencia era una treta. Con manos temblorosas, llevé la caja a la cocina, con una sonrisa ya dibujada en mis labios. Levanté la tapa y mi mundo se tambaleó. Allí, en una elegante letra en bucle, estaba escrito: "Es hora de divorciarse".

Me quedé sin aliento. Me quedé paralizada ante el cruel mensaje. ¿Era su forma de decírmelo? ¿Acaso nuestro primer año había sido una mentira?

Cuando mi teléfono volvió a sonar, con su nombre parpadeando en la pantalla, mi mano temblaba tan violentamente que apenas pude responder.

"¡Anna, gracias a Dios que estás ahí! ¿Recibiste el pedido? ¿El pastel?". Su voz era frenética, presa del pánico.

"Tengo un pastel, Thomas", susurré, con las palabras atoradas en la garganta. "Dice... dice que es hora de divorciarse".

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