En la boda, mi suegra tomó el micrófono con una sonrisa ensayada. Su voz sonó dulce, pero sus palabras tenían filo. “Estoy tan feliz de que hayamos encontrado a una chica que sabe escuchar”, dijo. Luego me miró directamente, con una mueca apenas disimulada. Yo le devolví la sonrisa. Toda la familia rió como si fuera una broma inofensiva. Mi esposo, Daniel, bajó la mirada, nervioso, jugando con el anillo entre los dedos. En ese instante supe exactamente lo que tenía que hacer.
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