La recepción de nuestra boda transcurría sin problemas: música suave, copas tintineando, familiares brindando por nuestro futuro. Yo apenas podía creer que finalmente había llegado el día. Después de años de noviazgo, después de discusiones, distancias y reconciliaciones, ahí estábamos, mi recién estrenado esposo Daniel y yo, sentados juntos en la mesa principal mientras el fotógrafo nos pedía sonrisas y los invitados iban acercándose a felicitarnos.
Pero la serenidad duró poco.
Mientras el presentador anunciaba el inicio de la cena, escuché el chirrido de una silla arrastrándose por el suelo. Un sonido seco, fuera de lugar. Me giré y vi a mi suegra, Lucía, con el ceño fruncido pero una sonrisa rígida en los labios, arrastrando una silla hacia nosotros. Bueno… no hacia nosotros, sino exactamente hacia el espacio entre Daniel y yo.
Antes de que pudiera decir nada, ella plantó la silla justo en medio, separándonos. Con movimientos exageradamente lentos, tomó asiento, cruzó las piernas y apoyó una mano sobre el hombro de su hijo.
—“Soy la mujer más importante en su vida.” —declaró, en voz alta, asegurándose de que todos los presentes la escucharan.
El murmullo general se apagó. Las conversaciones se detuvieron. Las risas se congelaron.
Hubo un silencio antinatural, casi incómodo. Vi cómo varias tías abrían los ojos con incredulidad. Unos primos dejaron sus cubiertos en el aire. Incluso el camarero que nos servía el vino vaciló, sin saber si debía seguir.
Miré a Daniel. Esperaba… algo. Una palabra, una risa nerviosa, un gesto que pusiera fin a aquella escena ridícula. Pero él solo encogió los hombros, mirando su copa como si no fuera asunto suyo.
Mi estómago se tensó. No era la primera vez que Lucía hacía algo así, insinuando que yo era una visitante temporal en la vida de su hijo, pero jamás imaginé que lo intentaría en nuestro propio banquete de boda.
Todos esperaban mi reacción. Quería evitar un escándalo, pero tampoco iba a permitir que esa mujer arruinara mi día. Respire profundamente, mantuve la sonrisa, levanté la cabeza y la miré directamente a los ojos. Su expresión, triunfante y autosatisfecha, decía que esperaba verme temblar.
Pero no le daría ese gusto.
—“Entonces entenderás por qué te quedarás con él esta noche.” —dije con una dulzura exagerada, inclinándome hacia ella—. “Porque yo, como ves, tengo cosas más importantes que hacer.”
El impacto en su rostro fue inmediato: su sonrisa titubeó, se quebró, y su mirada perdió toda seguridad. El salón contuvo el aliento.
Y entonces…
Daniel se levantó de golpe.
Daniel se quedó mirando a su madre, luego a mí, como si de repente se diera cuenta de que la situación había escapado de todo control. Por primera vez en mucho tiempo, su expresión no era de indiferencia, sino de genuina incomodidad. El silencio reinaba todavía en el salón, y todos los ojos estaban puestos en nosotros.
—Mamá… ¿qué haces? —preguntó Daniel finalmente, con el ceño fruncido.
Lucía soltó una risa nerviosa, como si todo fuera parte de una broma que los demás simplemente no habían entendido.
—Ay, hijo, solo quería estar cerca de ti. ¿Qué culpa tengo si ella —me señaló con la barbilla— es tan sensible? Hay que integrarla, ¿no?
“Integrarla”. Como si yo fuera un mueble nuevo y extraño que había que acostumbrarse a tener cerca.
Decidí no responder. Sabía que cualquier palabra mía podría encender un incendio. Preferí observar a Daniel, esperando ver qué elegía hacer.
Y él… vaciló.