Entonces llegó el golpe de gracia: su madre, Marilyn, frunció los labios en amarga desaprobación. «Grace», susurró, «nunca valiste nada».
No parpadeé. No reaccioné. Simplemente mantuve las manos en mi bolso y esperé.
Cuando el juez tomó asiento, Daniel se desplomó de nuevo como si ya hubiera ganado. Creía que sus cuentas en el extranjero estaban ocultas. Creía que el dinero que le había pasado a Lana era invisible. Creía que la empresa fantasma que había creado era su arma secreta.
Estaba equivocado en todos los aspectos.