Me quedé sin aliento. Me temblaban las manos. Esto no era un sueño. Era real. Ella nunca lo comprobó.
La mañana de la reunión fue lluviosa, como la noche en que me echó. Llevaba mi viejo abrigo marrón, del que se burlaba por anticuado. Y entré en la oficina con la dignidad que ella había intentado arrebatarme.
Las cámaras me esperaban. El cheque enorme ya impreso, mi nombre brillando en oro: $10,000,000. Por primera vez en años, me sentí visto, no como una carga, sino como alguien que aún importaba.