En cuanto mi hija ganó 10 millones de dólares, me echó, me escupió "vieja bruja" y me juró que no vería ni un centavo. Me quedé callada. Nunca se molestó en comprobar quién era el verdadero dueño del boleto. Siete días después...

Se volvió inaccesible en cuestión de días. Su antiguo número estaba desordenado. Sus hijos se fueron con su padre, olvidados, mientras ella disfrutaba de su nueva vida. Cada noticia la mostraba más irreconocible: ya no era la hija a la que una vez mecí para dormirla, ni la joven que una vez lloró en mis brazos después de un desamor. No, se había convertido en una extraña: hambrienta, orgullosa, intocable.

Me quedé en silencio.

Entonces llegó la llamada. De la oficina de abogados del estado. Sus voces eran formales y cautelosas:
«Sra. Delgado, hemos confirmado que el boleto ganador está a su nombre. Necesitamos que venga para la verificación final».