El vino, el desprecio y el renacer de Isabella

Cuando Isabella Moore se casó con David Collins, creyó que estaba dando el paso hacia una vida de amor y compañerismo. Durante el noviazgo, David había sido encantador, atento y lleno de promesas.

Pero todo cambió en el momento en que regresaron de la luna de miel.

Su madre, Margaret, dejó muy claro que Isabella no era lo suficientemente buena para su hijo. Criticaba todo — su manera de vestir, de hablar, de cocinar.

“No puedes ni freír un huevo como la gente”, se burló Margaret una mañana. “Mi hijo merece algo mejor.”

Isabella apretó los labios y guardó silencio.
David, en lugar de defenderla, se limitó a decir fríamente:
“La madre tiene razón, Bella. Deberías esforzarte más.”

Desde ese día, la humillación se volvió parte de su rutina. Isabella cocinaba, limpiaba y lavaba como una sirvienta, pero nada bastaba. Las palabras hirientes de Margaret la desgastaban, y la indiferencia de David dolía aún más.

En las cenas familiares, Isabella se sentaba en silencio mientras ambos se burlaban de ella.
“Es tan callada”, decía Margaret con desdén. “Seguramente porque no tiene nada inteligente que decir.”
David reía, sin notar que cada risa rompía un poco más el amor que Isabella sentía por él.