Por un momento, me reí. No porque fuera gracioso, sino porque no entendía las palabras. Esperé a que me explicara el malentendido.
Él no lo hizo.
La habitación pareció inclinarse. Recuerdo el chisporroteo de la sartén y el olor a comida quemándose, pero nada más. Solo un zumbido sordo en los oídos.
Me dijo que se habían enamorado. Que no fue planeado. Que no podía ignorar lo que sentía. Que quería el divorcio.
Mientras hablaba, instintivamente puse mi mano sobre mi estómago.
Sentí que mi bebé se movía.
En las semanas siguientes, el estrés y el dolor se instalaron en mi cuerpo como un peso insoportable. El sueño se volvió difícil de alcanzar. La comida perdió su sabor. Todos mis pensamientos volvían a la misma incredulidad.
Poco después, sufrí una pérdida médica desgarradora que me cambió de maneras que aún me cuesta explicar. Lo viví sola, en una habitación de hospital silenciosa y extremadamente fría.
Oliver nunca vino.
Ni ese día. Ni al siguiente. Ni siquiera una llamada.