Recuerdo ponerme las manos en el estómago por la noche, imaginando un futuro que de repente parecía lleno de significado. Una guardería. Primeros cumpleaños. Una vida que se expandía en lugar de simplemente repetirse.
Y entonces, una tarde de jueves normal y corriente, Oliver llegó tarde a casa.
Estaba en la cocina preparando la cena cuando él se quedó en la puerta, en silencio. Su rostro parecía agotado, sus hombros rígidos. Bajé la temperatura del fuego y le pregunté si todo estaba bien.
“Lucy”, dijo en voz baja, “tenemos que hablar”.
Esperaba algo estresante pero solucionable. Un problema laboral. Un problema económico. Cualquier cosa menos lo que vino después.
“Judy está embarazada”, dijo.