Oliver trabajaba en informática y tenía una presencia tranquilizadora que hacía que todo pareciera manejable. Era de esos hombres que me besaban la frente antes de ir a trabajar y guardaban notas escritas a mano en mi lonchera.
Me saludó con un “Hola, hermosa” incluso cuando yo no me sentía así.
Habíamos construido una vida tranquila juntos. Comida para llevar los viernes. Domingos tranquilos en pijama. Chistes privados que nadie más entendería jamás.
Creía que ese tipo de estabilidad era la verdadera definición de la felicidad.
Yo también vengo de una familia en la que la estabilidad era importante.
Yo era la mayor de cuatro hermanas, lo que te enseña responsabilidad desde pequeño. Judy, dos años menor que yo, siempre había sido hermosa sin esfuerzo.
La gente la notaba sin que ella lo intentara. Lizzie, la hermana siguiente, era reflexiva y analítica, la que veía las cosas con claridad incluso cuando las emociones estaban a flor de piel. Misty, la menor, era dramática, impulsiva y, de alguna manera, siempre estaba en el centro de todo.
Yo era el solucionador.
El que apareció. El que suavizó las cosas. En quien todos confiaban.
Cuando conocí a Oliver, sentí como si alguien finalmente hubiera decidido aparecer por mí.
Dos años después de casarnos, habíamos encontrado un ritmo que nos parecía seguro y prometedor. Y entonces ocurrió algo extraordinario.
Estaba embarazada de seis meses de nuestro primer hijo.