La boda comenzó al atardecer, en un jardín adornado con luces cálidas y pétalos blancos. Yo me senté en la segunda fila, aún con el corazón latiendo acelerado. Había pasado de sentirme invisible a ser, de alguna manera, parte esencial de aquel día. Pero lo que estaba por ocurrir me tomaría totalmente por sorpresa.
Cuando mi hija apareció del brazo de su padre, se escuchó un murmullo generalizado. El vestido —mi vestido— parecía cobrar vida a cada paso. Las lentejuelas minúsculas que había cosido a mano reflejaban la luz del atardecer, y el encaje formaba delicadas sombras sobre su piel. Pero no fue su belleza lo que me hizo llevarme una mano al pecho. Fue lo que ocurrió unos segundos después.
El maestro de ceremonias detuvo momentáneamente su discurso cuando la novia, antes de tomar la mano de su futuro esposo, se giró hacia mí. No estaba previsto. No había ningún guion que explicara ese gesto.
—Antes de continuar —dijo con voz firme, aunque sus ojos estaban vidriosos—, quiero agradecer algo que no supe valorar. Este vestido que llevo puesto no solo está hecho de encaje y tela. Está hecho de paciencia, sacrificio, amor y horas que mi madre dedicó pensando en mí… incluso cuando yo no supe verlo.
Los invitados se miraron entre sí. Yo me quedé inmóvil.