No entendí de inmediato. —¿Cómo que se rompió?
—La cremallera se reventó por completo cuando intentaron ajustarlo. Y no hay costurera disponible. Ninguna. Estamos llamando a tres talleres de la ciudad y todos están cerrados por ser domingo. Su hija está… está llorando desconsoladamente. Quiere verla.
Por un momento, no supe qué sentir. ¿Compasión? ¿Justicia poética? ¿Dolor? ¿Orgullo herido? Sentí un torbellino de emociones, pero mis pasos comenzaron a moverse antes de que pudiera procesarlas del todo. Seguí a Clara por los pasillos mientras mi mente repetía una frase que me daba miedo admitir: ella me necesita.
Cuando entré de nuevo a la suite nupcial, encontré a mi hija sentada frente al espejo, el rostro rojo, el maquillaje arruinado. El vestido nuevo yacía sobre una silla, hecho un desastre, con la cremallera arrancada y varias cuentas despegadas. El caos absoluto.
Ella levantó la vista y por fin me miró. —Mamá… —su voz se quebró—. Lo siento.
No esperaba una disculpa. Me quedé quieta, conteniendo mis emociones para no romperme yo también.
—No sé qué hacer —continuó—. Faltan menos de dos horas para la ceremonia. No puedo casarme con esto… —señaló el vestido destrozado—. Y yo… yo fui cruel contigo. No debía haber dicho lo que dije. Es que me puse nerviosa, quería que todo fuera perfecto y… —Se tapó el rostro entre las manos.
Durante unos segundos, solo la observé. Vi a la niña que un día aprendió a caminar agarrada a mis faldas, la adolescente impaciente que siempre quería tener la razón, la mujer que hoy estaba a punto de comenzar una vida nueva.
Respiré hondo. —¿Quieres que lo intente? —pregunté finalmente.