Después de dedicar seis meses a coser a mano el vestido de boda de mi hija, entré en la suite nupcial justo a tiempo para oírla decir entre risas: “Si pregunta, dile que no me queda. Parece comprado en una tienda de segunda mano.” Sentí cómo algo dentro de mí se desmoronaba, pero respiré hondo, levanté la cabeza y me llevé el vestido sin decir palabra. Sin embargo, más tarde sucedió algo que jamás habría imaginado…

Era Clara, la organizadora del evento. Tenía el rostro desencajado y un teléfono en la mano. —Señora —dijo, casi sin aliento—… tiene que venir conmigo. Pasó algo… algo que nadie esperaba.

Mi corazón dio un vuelco. Me levanté de golpe, temiendo lo peor, pero sin imaginar lo que estaba por escuchar.

Clara tragó saliva, me miró directamente a los ojos y, con voz temblorosa, soltó la noticia que cambiaría el curso de aquel día por completo…

Y en ese instante, el mundo pareció detenerse.

—El vestido… el nuevo… —balbuceó Clara—. Se rompió.