Cuando regresé a casa de un viaje de negocios, mi hija me susurró: «Papá, me duele la espalda… Mamá dijo que no puedo decírtelo» y todo cambió.

Suave, tembloroso, casi como una respiración entrecortada.

"Papá... me duele tanto la espalda que no puedo dormir. Mamá me dijo que no puedo decírtelo".

Me giré hacia la habitación de Sophie tan rápido que el corazón me latía con fuerza en los oídos.

Estaba de pie justo en la puerta, medio escondida, como si no estuviera segura de que le permitieran ser vista. Tenía los hombros tensos. La mirada baja. Parecía una niña intentando ocupar el mínimo espacio posible.

Esa sola imagen me hizo sentir frío por todas partes.

"Sophie", dije con suavidad, intentando mantener la voz serena incluso mientras mi mente daba vueltas. "Hola. Ya estoy en casa. Ven aquí, cariño".

No se movió.

En cambio, tragó saliva y sus ojos se dirigieron al pasillo como si esperara que alguien apareciera detrás de mí.

Ese pequeño movimiento me dijo todo lo que necesitaba saber sobre cómo se había sentido mientras yo no estaba.

Bajé la maleta lentamente, como si el sonido pudiera sobresaltarla.