Me abrazaba, hablaba a mil por hora y me preguntaba qué le había traído, aunque solo fuera un llavero ridículo.
Esa era la imagen que tenía en la mente mientras entraba en la entrada a las afueras de Chicago y cruzaba la casa rodando con mi maleta.
Pero la casa estaba en silencio.
No un silencio apacible.
El tipo de silencio que se siente mal.
Dejé mi maleta en el suelo y llamé, esperando oír una vocecita que respondiera desde la sala o la cocina.
Nada.
Aún sujetaba el asa de la maleta cuando lo oí.
Un susurro.
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