A pocos minutos de caminar hacia el altar para casarme con el hombre que creía amar, me refugié en el baño intentando controlar los nervios. Por fin empecé a respirar con calma… hasta que alguien entró y dejó su móvil en altavoz. La voz que salió del teléfono me heló la sangre: era una voz demasiado familiar, demasiado íntima. Pero lo que dijo después… rompió todo lo que yo pensaba que sabía sobre mi futuro esposo. En un instante, mi mundo perfecto se convirtió en una mentira imposible de ignorar


Pero sí había algo peor:

Una verdad que él no tuvo el valor de decirme a tiempo.

Me quité el anillo de compromiso.
Lo sostuve entre los dedos por un segundo.

—No voy a entrar al altar —dije finalmente, con una voz tan tranquila que asustó incluso a Daniel—. No así. No sin certeza. No sin honestidad.

Daniel se desplomó en una silla, derrotado. Lucía apartó la mirada, como si quisiera desaparecer.

Yo di la vuelta, levanté la falda del vestido y salí por la puerta trasera de la iglesia, sabiendo que, aunque mi mundo se había roto, también acababa de recuperar algo más importante:

Mi libertad.