A pocos minutos de caminar hacia el altar para casarme con el hombre que creía amar, me refugié en el baño intentando controlar los nervios. Por fin empecé a respirar con calma… hasta que alguien entró y dejó su móvil en altavoz. La voz que salió del teléfono me heló la sangre: era una voz demasiado familiar, demasiado íntima. Pero lo que dijo después… rompió todo lo que yo pensaba que sabía sobre mi futuro esposo. En un instante, mi mundo perfecto se convirtió en una mentira imposible de ignorar

Lucía miró a Daniel, luego a mí, y cerró la puerta detrás de ella. Se apoyó en ella como quien se prepara para admitir algo inevitable.

—No deberías haber escuchado esa llamada —comenzó.

—No la escuché por gusto —repliqué.

Lucía respiró hondo.

—Mira… Daniel no te ha mentido del todo. Lo de su padre es cierto, y es grave. Pero hay algo más.

Daniel levantó la cabeza bruscamente.

—Lucía, no.

—Daniel —respondió ella, con una mezcla de firmeza y compasión—, ya no tiene sentido ocultarlo. Vas a casarte en diez minutos. Ella merece saberlo.

Mi corazón comenzó a latir como si quisiera salir del pecho.

—¿Saber qué? —pregunté, evaluando cada uno de sus rostros.

Lucía me miró con una seriedad que nunca antes le había visto.

—Daniel no está seguro de querer esta boda.

Y entonces, todo lo demás dejó de existir.

—Eso no es cierto —soltó Daniel, pero su voz tembló.

—Claro que lo es —dijo Lucía, sin apartar la vista de mí—. Ha tenido dudas durante meses. No por otra mujer, no porque no te quiera… sino porque no sabe si está listo para comprometerse en un modelo de vida que no siente suyo. Ha intentado hablar contigo varias veces, pero cada vez que lo intentaba algo del proceso de la boda ya estaba demasiado avanzado. Y tú estabas tan ilusionada que él… simplemente no supo cómo romperte el corazón sin romper su propia vida en el proceso.

Sentí un nudo en la garganta, pero no lágrimas. Aún no.

—¿Es eso cierto? —pregunté a Daniel directamente.

Él cerró los ojos un segundo y luego asintió apenas.
Un gesto mínimo, pero devastador.

—Yo te quiero —dijo—. Eso no lo dudes. Pero todo esto… la boda, la presión, las expectativas… me superó. Y luego mi padre se metió en ese problema, y tú estabas tan emocionada… y yo… —se quedó sin palabras.

Lucía intervino:

—Te llamó esa mañana porque estaba al borde de decirle todo. Y yo le dije que no podía arruinar tu día así. No porque quisiera engañarte, sino porque pensé que después del evento podrían hablar con calma, sin humillarte delante de todos.

Me llevé una mano al pecho. No podía respirar bien.

Todo lo que había escuchado, todo lo que había sospechado… tenía sentido, pero no del modo en que yo misma había imaginado. No había otra mujer. No había traición romántica.

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