Me escabullí hacia la parte trasera de la iglesia, donde sabía que Daniel solía refugiarse antes de los eventos grandes. Lo encontré revisando su corbata frente a un espejo improvisado, ajeno al caos que se había desatado en mi interior. Cuando me vio aparecer, sonrió. Esa misma sonrisa que tantas veces me había tranquilizado… pero que ahora me resultaba casi insoportable.
—Cariño —dijo mientras se acercaba—, pensé que ya estabas con tu papá para entrar…
—Necesito hablar contigo —interrumpí, con la voz tensa.
Noté cómo su expresión cambiaba apenas un milímetro. A Daniel era difícil leerlo, pero no imposible. Había sorpresa. Y luego, una sombra de incomodidad.
—Está bien —respondió—. ¿Qué pasa?
Lo miré con una mezcla de miedo y determinación.
—Acabo de escuchar tu conversación con Lucía.
Le tomó un par de segundos procesarlo. Luego palideció ligeramente.
—¿Qué escuchaste exactamente?
Esa pregunta lo delataba.
—Lo suficiente —dije, sintiendo cómo me ardían los ojos—. Lo suficiente para saber que me estás ocultando algo grande.
Daniel se frotó la frente, un gesto típico cuando estaba acorralado.
—No es lo que crees…
—¿Entonces qué es? —insistí—. Porque te escuché decir que hablarías conmigo después de la luna de miel. ¿Hablar de qué? ¿Qué es tan grave como para casarte conmigo sin decírmelo?
Hubo un silencio incómodo.
Suspiró. Bajó la mirada. Luego la volvió a subir, como si estuviera a punto de confesar un crimen.
—No estoy enamorado de Lucía —empezó diciendo—. Si eso es lo que crees, no es así.
Pero yo no dije nada. Esperé.
—Lo que pasa… —tragó saliva— es que ella es la única que sabe lo que está pasando en mi familia. Y me pidió que no dijera nada hasta después de la boda.
Mi frustración se mezcló con incredulidad.
—¿Tu familia? ¿Qué tiene que ver tu familia con nosotros?
—Todo —respondió él, de forma abrupta.
Se quedó en silencio, como si estuviera calculando cada palabra.
—Mi padre… —empezó— está involucrado en un problema legal bastante serio. Y no quería que esto afectara nuestro día. Lucía lo sabe porque ella me acompañó cuando recibí la noticia. No quería decírtelo porque pensé que te preocuparías o incluso te cuestionarías si… si seguir adelante con la boda.
Sus palabras me golpearon en direcciones distintas. Por un lado, aquello podría tener sentido. Por otro, algo en su tono, en su inseguridad, no terminaba de encajar. Como si no fuera toda la verdad.
—¿Eso es todo? —pregunté, vigilando cada gesto.
Daniel dudó apenas un instante.
Y ese instante lo dijo todo.
Antes de que Daniel pudiera defenderse, la puerta lateral se abrió y apareció Lucía. Al vernos juntos, su rostro se tensó como si hubiera entrado justo en medio de un incendio.
—¿Todo bien? —preguntó, aunque su tono dejaba claro que sabía que no lo estaba.
No me moví. No aparté la mirada de Daniel.
—Quizá quieras contarlo tú también —le dije a ella—. Ya que al parecer eres parte importante del secreto.
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