A pocos minutos de caminar hacia el altar, con el vestido blanco perfectamente ajustado y el maquillaje recién retocado, me refugié en el baño para intentar controlar la respiración. Las manos me temblaban, no por miedo sino por la mezcla de emoción y ansiedad que cualquiera sentiría antes de casarse con el hombre al que creía conocer mejor que a nadie. Apoyé la espalda en la puerta y cerré los ojos, repitiéndome que solo necesitaba unos segundos para volver a centrarme.
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