Sentí que el suelo se tambaleaba bajo mis pies. Mi «primer amor» había muerto. La mujer frente a mí no era ella: era un espejo, un fantasma que vistió los recuerdos de Anna.
Quería gritar, maldecir, exigirle que me engañara. Pero al verla, temblorosa y frágil, me di cuenta de que no era solo una mentirosa: era una mujer que había vivido toda su vida a la sombra de alguien, invisible, sin amor.
Las lágrimas me quemaban los ojos. Me dolía el pecho de dolor: por Anna, por los años robados, por la cruel trampa del destino.
Susurré con voz ronca:
«¿Y quién eres realmente?»